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Las ciudades y los museos

Aimée Mendoza Sánchez

El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos  los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.

 

—Italo Calvino, Las ciudades invisibles—

          Existen dos tipos de ciudades: aquellas cuyo atractivo cultural “principal” es una guarida histórica cuyas paredes, resguardadas por personal de seguridad, exhiben los trazos y contornos creados por algún genio o aquellas que se encuentran en Marruecos, como Tánger, cuya historia recorre las calles y permite a los visitantes y lugareños acceder al legado artístico a través de un paseo por la Kasbah. Tánger es un lugar mítico, construido a partir de siglos de importancia geográfica e histórica al ser el punto de conexión más cercano a Europa, mediante las costas españolas, razón por la cual fue el sitio predilecto para acoger a diversos artistas que buscaban en ella, ante todo, las vivencias que les permitirían crear obras de arte, sin importar el género. La larga lista de apellidos famosos que visitaron sus calles y librerías, tomaron café en la medina, fumaron hachís hasta saciarse o ilustraron a la ciudad con sus trazos y poemas son conocidos de sobra: Jean Genet, Eugéne Delacroix, Williams Burroughs, Paul Bowles, Jack Kerouac, Henri Matisse, etc. Cada uno fue más que un visitante.

        En realidad, debería hablarse de que aquellas personas ilustres pasaron a formar parte de la memoria artística de la ciudad mezclándose entre las calles que muestran mosaicos antiquísimos, herencia del arte islámico, a la par de construcciones monumentales que algún artista francés representó en su obra con el fin de mostrar las maravillas contenidas en la ciudad. El ejemplo anterior fue encarnado por Henri Matisse (1869-1954) quien durante su estancia en la ciudad internacional pintó diversos cuadros inspirados en los emblemas citadinos, como el marabout Ben Ajiba, una mezquita que permanece intacta entre las arabescas calles de la Kasbah. La última vez que pude visitarla, acompañada por la presencia de innumerables felinos, patrimonio del islam, caí en cuenta de la revelación que encarnaba su discreta presencia en aquel lugar.

          Semanas antes había estado en el Prado, en una visita de cinco horas, pues la primera vez que lo visité apenas tuve fuerzas para recorrer sus largos pasillos y, sobre todo, para soportar la presencia de cincuenta personas delante de mí, que se interponían entre la obra de arte en cuestión y mi mirada miope. En esa segunda ocasión decidí que debía experimentar, al menos por única ocasión, aquella “experiencia estética entre el objeto artístico y el sujeto”, pese a que la cantidad de extranjeros por metro cuadrado podría equipararse a la de los aeropuertos. También en aquella visita mi estrés pudo más que mi intención estética y solamente pude observar fragmentos de “las obras maestras” del arte occidental bajo la incomodidad de tener a docenas de personas a mi lado. Apenas lograba colarme entre las masas de personas para posar mi mirada en los trazos y cinceladas míticas de aquellos artistas, cuando irrumpían más personas atentas a las voces que resonaban en sus oídos, y mi mente no podía dejar de formar grotescas analogías con el Sistema de Transporte Metropolitano de la Ciudad de México.

          Tal vez no tuve la paciencia necesaria para aislarme completamente de mi entorno y disfrutar, como hubiese querido, de aquellas muestras de genialidad que se mostraban sin pudor ante mí. Realmente me sentí decepcionada por haber pasado más horas sorteando turistas que admirando trazos. Y a partir de ese momento, cada vez que visité un nuevo museo, no dejé de experimentar aquel profundo malestar, a veces con más intensidad, otras, casi imperceptible, aunque siempre presente.

          Walter Benjamin hablaba de la pérdida de aura cuando una obra de arte se reproduce para difundirla entre las masas.[1] La discusión dilucidaba la falta de una experiencia estética genuina al evitarse la confrontación del original con el sujeto, al disponer de representaciones disponibles para diversos fines, ciertamente dudosos. El problema, en principio, no era el soporte de reproducción sino el mecanismo mercantil que implicaba. Empero, tras recorrer algunos de los museos más famosos en América y Europa la discusión de Benjamin parecía recobrar sentido debido a que las condiciones de esta pérdida de aura se han reforzado bajo otras circunstancias ya vislumbradas por él.  Según Benjamin:

[…] la pintura no está en condición de ofrecerse como objeto de recepción colectiva simultánea, como fue el caso de la arquitectura desde siempre […] porque, aunque se logró llevarla ante las masas al representarla en galerías y salones, de todos modos no se encontró una vía por la que las masas hubiesen podido organizarse y supervisarse a sí mismas en una recepción de ese tipo.[2]

          Dentro de esta lógica, el valor de estas expresiones artísticas reside en la dificultad de ser apreciadas por el resto de la población debido a las altas tarifas aéreas, las costosas entradas a los museos y el difícil acceso a las salas donde se encuentran las obras maestras debido a la presencia de innumerables personas que se atiborran para “disfrutar” del mito artístico. Es decir, las condiciones del siglo XIX, criticadas por Benjamin, encuentran ahora su apogeo debido a un mecanismo de enajenación y estrés regulados por las masas de visitante aturdidos por “ver” y, ante todo, poder sacar una buena selfie con la obra de arte en cuestión. Ya no se habla sólo de la pérdida del aura de la pieza original de arte sino también de una consecutiva ausencia de la experiencia estética, incluso tras la “confrontación” del sujeto con la obra original, debido a la búsqueda desesperada de una reproducción fotográfica que sirva como testimonio de esa “experiencia simulada”, publicada en las redes sociales.

          Pero luego llegué a Marruecos. Las calles se abrían ante mi como senderos de olores, sonidos y colores. Llevaba meses siendo extranjera en aquel lado del mundo y tal vez mi mirada se había acostumbrado a las sorpresas y la novedad, pero nunca me maravillé tanto como cuando atravesé la costa y llegué a la medina. Recorrí sus callejones, regateé con los vendedores, probé el té de menta, intercambié sonrisas con algunos extraños y luego, tras algunos minutos andando entendí que la ciudad me mostraba sus tesoros sin necesidad de intermediarios. Aquella mezquita pintada por Matisse fue sólo el señuelo para comprender la revelación ofrecida en aquel lugar. Calles silenciosas, vecinos que caminan con paso firme, concentrados en sus asuntos, niños y mujeres que sonríen mientras alimentan a los gatos que rondan las calles; de vez en cuando, también, una sonrisa para aquel visitante que se maravilla al no encontrar doradas placas informativas, pues para recorrer el museo a puertas abiertas debe caminar, descansar a lado de una fuente, preguntar a alguno de los lugareños, entrar en pequeñas pero famosas librerías, posar la mirada en el mar, detenerse a admirar cada mosaico, cada puerta, incluso a cada persona, siempre que decida alejarse de los engañosos tours, enemigos de la contemplación.

          En aquella ciudad existe un museo creado por norteamericanos, que sin mucho éxito sigue abriendo sus puertas para albergar a los curiosos acostumbrados al morbo de saberse observados por guardias y cámaras de seguridad.  Sin embargo, en Tánger hay una regla que debería aplicarse en cualquier otro lugar, basada sobre todo en la concepción kantiana de una “satisfacción desnuda de todo interés”.[1] En esta pequeña ciudad musulmana no hace falta hacer grandes filas para entrar a los jardines, ni adquirir membresías para observar las escenas plasmadas en los cuadros, ni pelear por lugares para tomar fotos de alguna maravilla. En algunas ocasiones y condiciones hace falta retornar a lo básico y, al igual que el artista —llámese Matisse o cualquier otro— “mirar desinteresadamente” para percibir el arte, sea islámico u occidental, pictórico o escultórico, sonoro o táctil.

 

 

 

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[1] La obra de arte en la era de su reproducción mecánica, Wolfgang Erger (trad.), Madrid, Casimiro, 2010 [1936].

[2] Ibidem, pp. 82-83.

[3]  Crítica del juicio, Manuel García Morente (pról.), Madrid, Espasa-Calpe, 1981 [1790], p. 46.  

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